La emoción avisa, no manda

Hace unos años mandé un mensaje que no tenía que mandar.

Un socio había tomado una decisión sin consultarme. Escribí tres líneas, las releí una vez y le di enviar. Correctas, medidas, imposibles de retirar.

Me pasé el resto del día construyendo el argumento de por qué tenía razón. Alguien tenía que decirlo. Era una cuestión de respeto.

Tardé semanas en admitir que no estaba enojado. Estaba asustado. Esa decisión me había mostrado que yo era menos indispensable de lo que creía, y eso me dolía mucho más que el error en sí. Pero "asustado" no era una palabra que yo usara en esa época. Así que salió como enojo, que era la única que tenía a mano.

De eso quiero escribir. No de sentir menos. De saber qué estás sintiendo.

Una emoción es información, no una orden

La mayoría de nosotros funciona con dos categorías: estoy bien y estoy mal. Con esa resolución no puedes hacer nada. Es como tener un tablero con una sola luz roja para el motor, el combustible y los frenos.

El enojo casi nunca viene solo. Debajo suele haber miedo, vergüenza o cansancio. Pero el enojo es cómodo: te pone en movimiento y te da la razón. Los otros tres te obligan a mirar algo tuyo.

Por eso confundirlos sale caro. No es un problema de vocabulario. Es que respondes al síntoma equivocado.

Lo que pasa cuando no las conoces

No dejas de sentirlas. Siguen operando, solo que sin supervisión.

Y no se presentan con su nombre. Se disfrazan de criterio. Tomas una decisión "estratégica" que en realidad es resentimiento. Contratas de más porque la ansiedad te dijo que ibas atrasado. No llamas a un cliente que se enfrió y le llamas timing, cuando es orgullo.

Ese es el costo real de no conocer tus emociones: no te vuelves más frío, te vuelves más fácil de manejar. Por ti mismo.

Nombrar con precisión

La práctica es tan simple que da desconfianza: cuando algo te mueva, ponle nombre. Pero un nombre exacto.

"Estoy mal" no te deja ninguna salida. "Me da vergüenza que se haya notado que no sabía la respuesta" te deja tres o cuatro.

La precisión no es un lujo de terapia. Es lo que convierte un estado difuso en un problema con forma, y un problema con forma se puede resolver, negociar o soltar. Un estado difuso solo se puede padecer.

Yo lo hago por escrito, al final del día, y nunca me lleva más de cinco minutos. No busco entenderme entero. Busco una palabra mejor que la primera que me vino.

El intervalo

Entre lo que sientes y lo que haces hay un espacio. Chico, pero existe.

Ahí se decide casi todo: el mensaje que mandas o no mandas, la respuesta que das en la reunión, el precio que aceptas porque te dio incomodidad discutirlo.

Conocer tus emociones no elimina lo que sientes. Ensancha ese espacio. Y con el espacio suficiente, la emoción pasa de ser quien decide a ser lo que te avisa.

Sigue siendo tu enojo. Pero ya no es tu jefe.

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