Por qué comparo mi ritmo con el de los demás (y cómo dejar de hacerlo)

El paso de nadie más

Hay días en que camino por la calle y acelero el paso sin ninguna razón, solo porque alguien detrás de mí camina rápido y algo en mí no quiere que me alcance. No voy tarde a ningún lado. No hay ninguna meta que justifique el apuro. Simplemente no quiero que otra persona me pase.

Me pregunto, cuando lo noto, qué estoy tratando de probar exactamente, y a quién. La respuesta casi nunca es clara. A veces es a los demás. A veces, con más frecuencia de la que me gustaría admitir, es a una versión de mí mismo que todavía no confía en que mi propio paso ya alcanza.

El camino que creo estar recorriendo

Durante mucho tiempo asumí que todos íbamos por la misma acera, hacia el mismo lugar, y que llegar antes que el de al lado significaba algo. Medía mi ritmo contra el ritmo ajeno, como si existiera una sola meta y solo uno de nosotros pudiera alcanzarla primero.

Ahora, cuando me detengo a observarlo con más calma, no estoy tan seguro de que ese haya sido nunca el camino real. Nadie verificó si de verdad íbamos hacia el mismo sitio. Simplemente asumí que sí, y desde esa suposición, cualquier persona que caminara más rápido se convirtió en una amenaza o en una meta que perseguir.

Lo que me cuesta admitir

Me cuesta admitir que el paso ajeno a veces me incomoda. No porque le desee mal a nadie, sino porque en algún lugar interno sigo creyendo que hay un cupo limitado de llegar bien, y que si otro llega antes, a mí me queda menos. Sé, cuando lo pienso con cabeza fría, que eso no tiene ninguna lógica. Que alguien más camine rápido no cambia en nada mi propio destino. Pero saberlo con la cabeza y sentirlo en el cuerpo son dos cosas distintas, y todavía estoy aprendiendo a cerrar esa distancia.

También me cuesta detenerme cuando detenerme es lo que toca. Necesito seguir avanzando, mostrar que estoy en movimiento, incluso cuando lo más útil sería pararme un momento a mirar dónde estoy parado en vez de seguir midiendo cuánto he avanzado comparado con los demás. No sé si eso es disciplina o es miedo a quedarme atrás. Sospecho que, en mi caso, ha sido las dos cosas a la vez durante mucho tiempo.

La pregunta que intento sostener

Cuando noto que estoy acelerando el paso solo para no dejarme alcanzar, trato de hacerme una pregunta sencilla: ¿este apuro nace de a dónde quiero llegar, o nace de la comparación con quien va detrás? No siempre tengo la honestidad suficiente para responderla bien en el momento. A veces la respuesta llega después, cuando ya caminé desde el lugar equivocado y toca revisar por qué.

No sé si algún día voy a dejar de sentir el impulso de medirme con quien camina cerca. Puede que sea parte de estar vivo y querer avanzar. Lo que sí empiezo a distinguir con más claridad es cuándo ese impulso viene de un lugar sano, que quiere llegar a donde de verdad quiere ir, y cuándo viene de un lugar que todavía necesita que alguien más se quede atrás para sentirse en paz.

Esa distinción, cuando logro verla a tiempo, es lo más parecido que tengo a volver a mi propio paso.

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